Curiosidad, empatía y el cerebro común de literatura y ciencia

Curiosidad, empatía y el cerebro común de literatura y ciencia

Artículo publicado originalmente en galego en el suplemento ProTexta de la revista Tempos Novos nº 213, febrero 2015

Un montón de cuestiones interesantes que el conocimiento científico suma a la emoción, el misterio y el asombro ante una flor

Richard Feynman

La ciencia es uno de los métodos con los que nuestra especie expresa su curiosidad. Un modo esencial de cultura. Siempre fue así, a pesar de que no siempre los marcos epistemológicos de una y otra [cultura y ciencia] nos han permitido ver el bosque. De hecho, cuando pensamos en la cultura o en el arte convencionalmente aceptados no se nos ocurre una estufa de cultivos biológicos o una sonda del tamaño de una lavadora dejándose caer con inaudible estruendo sobre un cometa. Los marcos epistemológicos. Hay que mover esos marcos, como hacemos con nocturnidad en el campo gallego. «Mover os marcos»= Mover los lindes de los terrenos.

Los defensores de las llamadas Cultura y Ciencia -las instituídas y apoltronadas, los científicos e intelectuales que viven de su endogamia-, se han pasado los últimos siglos sin relacionar claramente ambas formas de curiosidad primate. Con todo, sí ha habido grandes aportaciones, sobre todo en ese siglo XX lleno de desastres humanitarios causados por avances científicos, de éxitos científicos causados por reconsideraciones humanísticas: en definitiva, de simbiosis promiscua entre tecnología, arte y ciencia.

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Altered book, by Rachael Ashe

☞ A uno de los primeros en señalar la urgencia de plantar ambos pies en humanidades y ciencia para salvar el abismo, el físico y novelista Charles Percy Snow, le llovieron ácidas críticas tras su conferencia «Las dos culturas y la revolución científica» [Cambridge, 1959] en la que se exaspera por la falta de conciliación y caso mutuo entre humanidades y ciencias. Una de las diatribas más rigurosas provino de Susan Sontag desde el artículo «Una cultura y la nueva sensibilidad» [1965], donde desmonta la tesis de Snow aduciendo que tal conciliación ya se lleva a cabo en la nueva sensibilidad artística de por entonces. Aquel supuesto abismo sería, más bien, un espejismo. Cultura hay una sola.

Sontag elabora su crítica desde una perspectiva que a día de hoy resulta audaz pero tímidamente científica. En los 50 años transcurridos desde aquella «nueva sensibilidad artística» nuestra especie se ha mirado a sí misma desde el espacio [nuestro saganiano punto azul celeste], ha intensificado y mutado sus relaciones hacia lo invisible gracias al desarrollo digital [«El 99% de lo que eres es invisible e intocable», así decía el científico, arquitecto, y puede que un poco mago, Buckminster Fuller] y, en definitiva, se ha entrelazado a la máquina. Para bien y para mal. Si somos simios biónicos, tratamos de imitar a la naturaleza con ingenios. Y poco hemos tardado en vernos convertidos en cyborgs: aquellas «extensiones humanas» que veía McLuhan en toda innovación tecnológica [las gafas son ojos más grandes, la rueda pies más veloces, la ropa es piel más protectora] desembocan en la inteligencia artificial. Una extensión de nuestro cerebro entre las manos. [Curioso: igual que un libro.]

[La IA es una forma de diseccionar nuestro cerebro, de tomarlo en la palma de la mano como si fuera Yorick y preguntarnos quién viene a cenar esta noche.]

Sontag realizó un esfuerzo admirable por tratar de dejar claro que ciencia, tecnología y humanidades hace tiempo que viven su idilio entre esa enigmática «nueva sensibilidad», que en los años 60 no era sino una minoría intelectual. Pero su argumento no se sostenía en la realidad. Ciencia y humanidades han estado de espaldas mucho tiempo después de su artículo. Lo cierto es que sí se adelantó a vislumbrar la gran metáfora, y el gran pretexto, que a día de hoy supone la ciencia para la literatura, el arte o el cine.

No obstante, recuerdo que me hallo dentro de una revista llamada Pro Texta: los textos son dispositivos de acción. De protesta. Y me gustaría dejar claro que la ciencia no debería quedarse tan sólo en una metáfora, un clic «moderno» para titular best-sellers o darse a las performances. Hace falta una imbricación más poderosa, un «entrelazamiento cuántico». «Interstellar» es un ejemplo reciente de cómo aprovechar en cine conceptos complejos de astrofísica y matemática [lo bipolar que resulta el tiempo sujeto a la teoría de la relatividad general, el teseracto…] al servicio de una trama de fidelidad familiar, con mocos, lágrimas, malentendidos y promesas.

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Curiosità, Cesare Ripa

☞ Creo que es la curiosidad el punto geométrico que comparten una investigación científica y una obra humanística honesta. Sin curiosidad, sin «qué sucedería si…», sin ese fecundo «a ver qué pasa se hacemos esto», sin ese «qué raro esto, parece como si…» nuestra especie produce obras que podrán brillar un momento como un meteoro, pero nacen clínicamente muertas.

Curiosidad malsana, sí. Esa misma. La de Pandora. La de la esposa de Barba Azul. Esa curiosità femenina que en el s. XVI Cesare Ripa dibujaba como mujer furiosa y poco amiga del peine. La curiosidad como fuerza generatriz y mutante. Y la curiosidad entusiástica, la desmelenada, la que se diría fuera de lugar en un proyecto tan aparentemente peinado y racional como el Gran Colisionador de Hadrones pero que sin duda forma parte de sus raíces.

La curiosidad no mata gatitos. Los gatitos viven felizmente en sus casas o en internet y viven/no viven en cajas de físicos vieneses del pasado siglo. Creo que ese atributo humano, la curiosidad -hermana de la divagación, el ensoñamiento- se emparenta con la empatía [y tú… qué sientes tú, vosotros?]. Sin empatía dificilmente nos habría preocupado lo más mínimo investigar otros seres vivos y hasta no vivos [virus], y veo poco probables las ciencias sociales y, por supuesto, la narrativa. El mecanismo de creación de personajes, chejovianos o no, es hacerse pasar por otro, por otra. Hasta por algo no vivo, como la nave del cuento «El martillo», de Stanislaw Lem, precursora de Hal-9000 o Nexus 6.

☞ Creo en el principio investigador y riguroso como creo en el principio soñador y literario. Y ambos se han calcetado juntos desde hace tanto que, o no hemos querido recordarlo, o la «institucionalización» y funcionariado de la Cultura y la Ciencia no nos lo han dejado apreciar claramente.

Desde la música de las esferas de Kepler a la protociencia-ficción de Mary Shelley, desde los irreales diseños de Ascidiae de Ernst Haeckel a la divulgación poética de Carl Sagan, la ciencia sin un relato literario o artístico que la sustente es una carcasa vacía. Las humanidades dotan de contenido cualquier empresa humana y la ciencia es también un emprendimiento, un ansia: la de descifrar un lenguaje, un texto, que no fue creado por nadie.

El universo es un texto literario, un relato en el tiempo. La buena literatura es aquella que retuerce la lengua como un trapo: es buena porque es constrictor. Pero también recablea la lengua para, en una cabriola muy wittgenstein, este mundo expanda sus límites en tanto que expandimos los límites de nuestro lenguaje. Quizás confío demasiado en el lenguaje. Y no en uno solo. Lenguajes, por suerte, hay muchos.

Recablear la escritura es pensar lo impensable. Un experimento de prueba y error. Quien lo probó, lo sabe.

Para lograr ser sapiens en esa delicada arte de ganarnos la vida sin perdernos la vida, humanidades y ciencias han de seguir viviendo entrenzadas, como desde los clásicos griegos: no se entiende la ciencia sin las políticas sociales que la nutren y financian, ni la literatura o la fotografía sin el aura de experimentación que nos llama a fisgar, a empatizar con todo. Se trenzan en espiral. Son espirales de ADN en nuestra manera de ser [si es que lo somos] sapiens.

Estíbaliz…Espinosa

diciembre-enero 2014

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